Rebelión en la granja

Liberté, egalité, corteinglé

Hoy en día, pocos géneros de ficción son más abundantes que la distopía. Ya sea en cine, literatura o videojuegos, no son pocas las obras que se desarrollan en un mundo postapocalíptico o ciberpunk, por nombrar solo algunas posibilidades. Matrix, The Last of Us, Fahrenheit 451, Un mundo feliz, o el famoso 1984 de George Orwell son ejemplos de ello. Esta última obra vislumbra una sociedad híper vigilada, e imagina un Gran Hermano que, por suerte, de momento solo encontramos en televisión. Junto a ella, Orwell es quizás recordado por Rebelión en la granja, historia tantas veces vendida como la prueba irrefutable de que el comunismo no es más que un sueño utópico que deviene en pesadilla.

Ciertamente, Rebelión en la granja muestra un camino que acaba en una sociedad distópica. Sin embargo, la causa de esta senda no es la revolución, sino todo lo contrario: la contrarrevolución y el revisionismo. Ateniéndonos a una lectura condicionada por el contexto inmediato de la obra, podemos afirmar que esta es una crítica al estalinismo y a los totalitarismos, mas no al comunismo. Sería de ingenuos alegar lo contrario y situar la crítica en un posicionamiento de derechas, sabiendo que Orwell participó activamente en la Guerra Civil Española y que fue miembro del POUM. Él mismo diría en 1946 lo siguiente: «cada línea que he escrito desde 1936 ha sido, directa o indirectamente, contra el totalitarismo y a favor del socialismo democrático tal como yo lo entiendo» (Por qué escribo).

De hecho, la obra pudiera ser perfectamente leída desde otra perspectiva histórica: la de la Revolución francesa. De esta forma, el señor Jones y el resto de humanos simbolizan el Antiguo Régimen, nobles, aristócratas y terratenientes incluidos. Los cerdos simbolizan la burguesía y el resto de animales simbolizan las clases populares, de mayoría campesina. Esta cuestión no es baladí, al igual que no lo es que el cerdo que simboliza a Stalin reciba el nombre de Napoleón. Orwell establece un claro paralelismo entre uno y otro. En la Revolución francesa, la burguesía se alió con las clases populares para derrocar las clases dominantes del Antiguo Régimen. Sin embargo, como pronto se vio, esta revolución política no se usó para acabar con la condición de existencia de las clases y de la explotación. En su lugar, sirvió para que un nuevo sector de la sociedad se hiciera con el poder y se erigiera como clase dominante, que seguía explotando a las clases populares. Tras un período convulso, se instauró un régimen autoritario con la excusa de alcanzar la estabilidad política para así estar preparados ante la posibilidad de un ataque frontal de las antiguas clases dominantes. Por otro lado, en todo momento existió un movimiento de persecución política interna para evitar así posibles movimientos «contrarrevolucionarios». En la novela de Orwell no hay ni guerras napoleónicas, ni Congreso de Viena, ni restauración temporal del absolutismo (aunque todas estas cosas pudieran apreciarse en la batalla del establo de las vacas), pero el final de la historia es el mismo en ambos casos. Primero, la antigua y la nueva clase dominante terminan teniendo no tan malas relaciones. Finalmente, una resulta indistinguible de la otra, pues ambas se caracterizan por explotar a las clases populares y lucrarse del trabajo ajeno. De la misma forma, el final de la obra termina de la siguiente manera: «No había duda de la transformación ocurrida en las caras de los cerdos. Los animales, asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y, nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era otro».

Es desde esta perspectiva que debe realizarse la lectura de la obra: la revolución fue política, pero no llegó a consolidar una revolución social total.  Las clases, y por lo tanto la lucha de clases, siguieron existiendo. La lucha de clases deio lugar a la aparición de una nueva clase dominante antes de que se pudiera abolir la clase en sí. Al no llegarse a afianzar un verdadero mecanismo democrático y popular, la revolución finalizó con la instauración de un régimen autoritario contrarrevolucionario. Se comienza entonces a andar el camino antes mencionado que acaba en una distopía. Sin embargo, esta no es nueva, sino que es la sociedad inaugurada por la esclavitud y continuada posteriormente por el feudalismo y por el capitalismo, es decir, una sociedad de clases donde prima la explotación. Así, la gran crítica que hace Orwell a la Revolución de Octubre es precisamente que fue derrotada y que el capitalismo fue instaurado de nuevo bajo, además, una feroz forma autoritaria. Quizás, donde mejor se ve esto es en la siguiente cita:

«Mientras Clover miraba ladera abajo, se le llenaron los ojos de lágrimas. Si ella pudiera expresar sus sentimientos, hubiera sido para decir que a eso no era a lo que aspiraban cuando emprendieron, años atrás, el derrocamiento de la raza humana. Aquellas escenas de terror y matanza no eran lo que ellos soñaron aquella noche cuando el Viejo Mayor, por primera vez, los incitó a rebelarse. Si ella misma hubiera concebido un cuadro del futuro, sería el de una sociedad de animales liberados del hambre y del látigo, todos iguales, cada uno trabajando de acuerdo con su capacidad, el fuerte protegiendo al débil, como ella protegiera con su pata delantera a aquellos patitos perdidos la noche del discurso de Mayor. En su lugar habían llegado a un estado tal en el que nadie se atrevía a decir lo que pensaba, en el que perros feroces y gruñones merodeaban por doquier y donde uno tenía que ver cómo sus camaradas eran despedazados después de confesarse autores de crímenes horribles».

Capítulo VII

Comunismo o libertad

A lo largo de toda la obra, los cerdos van paulatinamente adquiriendo las costumbres de los humanos, las cuales habían sido prohibidas. Empiezan a beber alcohol, duermen en camas, se visten, etc. Esto toma su máxima expresión en el último capítulo. En este, los animales de la granja, impactados, primero ven a los cerdos caminando sobre dos patas. Poco después, ven a uno de ellos con un látigo en la mano. Además, esa misma noche los cerdos se reúnen en la antigua casa del señor Jones con el resto de granjeros de la zona. Durante dicho evento, pasan varias cosas sumamente significativas. Por nombrar solo algunas, Napoleón consolida el fin de las hostilidades con los humanos, alegando que «su único deseo, ahora y en el pasado, era vivir en paz y mantener relaciones normales con sus vecinos». En segundo lugar, de manera explícita menciona el carácter capitalista que ha tomado la granja y dice claramente que los medios de producción no se han socializado: «Esta granja que él tenía el honor de controlar- agregó- era una empresa cooperativa. Los títulos de la propiedad, que estaban en su poder, pertenecían a todos los cerdos en conjunto». En tercer lugar, reniega abiertamente del animalismo, símbolo del comunismo:

«Hasta entonces, los animales de la granja tenían la costumbre algo tonta de dirigirse unos a otros como “camarada”. Eso iba a ser suprimido. También existía otra costumbre muy rara, cuyo origen era desconocido: la de desfilar todos los domingos por la mañana ante el cráneo de un cerdo clavado en un poste del jardín. Eso también iba a suprimirse, y el cráneo ya había sido enterrado [el cráneo pertenece al Viejo Mayor, símbolo de Marx]. Sus visitantes habían observado asimismo la bandera verde que ondeaba al tope del mástil. En ese caso, seguramente notaron que el asta y la pezuña blanca con que estaba marcada anteriormente fueron eliminados. En adelante, sería simplemente una bandera verde».

Por último, se muestra de forma abierta el carácter contrarrevolucionario de Napoleón, el cual abole el nombre de “Granja Animal” y restaura el nombre que le pusieron los hombres: «Desde ese momento, la granja iba a ser conocido como “Granja Manor”, que era su nombre verdadero y original». Podemos encontrar otra cita sumamente significativa poco antes de todo esto, y que no requiere más explicaciones. Se trata de la intervención del señor Pilkington:

«Era para él motivo de gran satisfacción […] comprobar que un largo periodo de desconfianzas y desavenencias llegaba a su fin. […] Hubo un tiempo en que los respetables propietarios de la “Granja Animal” fueron considerados […] con cierta dosis de recelo de sus vecinos humanos. […] Habían estado preocupados respecto a las consecuencias que ello acarrearía a sus propios animales o aun sobre sus empleados del género humano. Pero todas esas dudas ya estaban disipadas. […] Querría terminar mi discurso- dijo- recalcando nuevamente el sentimiento amistoso que subsistía. […] Entre los cerdos y los seres humanos no había, y no debería haber, ningún choque de intereses de cualquier clase. Sus esfuerzos y sus dificultades eran idénticos. ¿No era el problema laboral el mismo en todas partes? […] ¡Si bien ustedes tienen que lidiar con sus animales inferiores- dijo- nosotros tenemos nuestras clases inferiores!».

Toda esta crítica se realiza bajo la forma de una fábula animal. Esto permite al autor una simplificación de los hechos, al mismo tiempo que abre las puertas para que cualquier público pueda leer la obra.  Sin embargo,  esta simplificación trae consigo un hecho negativo, y es que, ya haya sido realizado consciente o inconscientemente, se construye la idea de que toda revolución va a acabar de esta maneraEllo se consigue a través de dos mecanismos: la construcción de los personajes y la construcción del mundo ficticio.

Los personajes principales de la obra se caracterizan por dos cosas. Por un lado, son caracteres planos que no evolucionan. Por otro lado, son arquetipos humanos que han sido animalizados y además satirizados. A lo largo de toda la obra, no observamos ningún cambio sustancial en ninguno de los personajes. El burro Benjamin de principio a fin se muestra escéptico ante cualquier cosa. El caballo Boxer dedica toda su vida a trabajar hasta que no puede más. La yegua Mollie, afín a los humanos, se muestra desde el principio desinteresada por la Revolución hasta que finalmente escapa para volver con los humanos. Napoleón no se corrompe, sino que es malo desde el mismo inicio, cosa que se ve cuando roba la leche ordeñada. Las ovejas y las vacas son igual de tontas de principio a fin.

Además, la propia separación de la comunidad en especies animales crea una jerarquía rígida y estamental, y caracteriza los distintos sectores por esencias. Quien nace cerdo muere cerdo, y no puede de ninguna manera ser vaca. Las ovejas, porque son ovejas, son mucho más tontas que los cerdos, y por mucho que lo intenten, su intelecto siempre va a ser inferior. Hay, como se puede observar, reduccionismo y esencialismo por todas partes. Si extrapolamos esto a la sociedad real, sacamos las siguientes conclusiones: La sociedad está divida por cuestiones esenciales. Unos sectores de la población son inherentemente más inteligentes que otros. Por mucho que se intente educar y alfabetizar a las clases populares, estas no van a tener la habilidad necesaria para organizar la sociedad. La vanguardia intelectual se va a corromper cuando alcance el poder, ya que el ser humano es así por naturaleza. Así pues, de manera irremediable estamos condenados a que exista siempre una jerarquía social.

En cuanto al mundo ficticio construido, hay que tener cuenta que la obra reduce toda la historia política, social y económica de un territorio de 22,4 millones de km2 a una sola granja. Los animales, aun teniendo en su poder este territorio, necesitan recursos que no pueden encontrar dentro de su dominio. Asimismo, aunque los animales tuvieran todas las granjas de Inglaterra, seguirían necesitando una serie de recursos, como cables, herramientas, metales, etc., que solo podrían obtener del comercio con humanos. Esto se debe a que la rebelión animal solo se podría producir en granjas, pero no en otros sitios como complejos industriales. Por último, hay otro factor clave que impide la autosuficiencia de la granja: los animales no poseen conocimientos científicos propios. Lo que aprenden se debe a viejos libros encontrados en la antigua casa del señor Jones. En ningún momento se sugiere que estos vayan a ser capaces de investigar por su propia cuenta, y sabiendo que para ello necesitarían no solo más libros, sino también cosas como laboratorios, tecnología y otros materiales, por lo dicho anteriormente es simplemente imposible que los animales puedan lograrlo. Extrapolando esto a la sociedad actual, llegamos a las siguientes conclusiones: la revolución, aun siendo mundial, sería incapaz de producir una sociedad autosuficiente. El pueblo, además, no es capaz de desarrollar un conocimiento científico propio, sino que debe conformarse con el saber aprendido por las altas esferas de la sociedad. Por lo tanto, la emancipación del hombre no es más que un sueño irrealizable.

Encontramos contradicciones a lo largo de Revolución en la granja. Si bien no critica la revolución sino que es afín a ella y al sueño emancipatorio, debido a su forma, al mismo tiempo reniega de ella y de la autosuficiencia de las clases populares. La obra deja entonces un margen de acción muy estrecho para la acción política. Sin desestimar su activismo en vida ni poner en duda su posición política de izquierdas, la solución que plantea el autor parece ser una mera integración de la política proletaria dentro del órgano legislativo burgués. Pudiera ser que eso es lo que él entiende como socialismo democrático. Sin embargo, esta fórmula de conservación del capitalismo es también criticada, ya que no es capaz de resolver los problemas que hacen de la Revolución una necesidad. En cualquier caso, todas estas ideas pelean entre sí en una obra que no puede dejar a nadie indiferente.  Tal vez, la solución con la que soñaba Orwell, que fue vislumbrada por acontecimientos históricos como la Revolución francesa, la Comuna de París, la Revolución de Octubre o la Revolución de Cataluña; no solo es posible, sino completamente realizable. Quizás, las experiencias pasadas nos sirvan para aprender de ellas, no cometer los mismos errores y, esta vez sí, completar el sueño emancipatorio.

Zura

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