Metamorfismo queer

Putas y maricones

¡Qué fácil es olvidar una de las máximas de la mitología griega! Zeus es un violador, un pichabrava, y se transforma en lo que haga falta con tal de mojar el bollo. Puede transformarse en toro, en oca, en lluvia dorada, en otro dios u hombre… ¡pero no en mujer, al parecer! Sin embargo, resulta que no es así. Igual esta gente habría de echar un ojo al mito de Calisto, “la más bella”, adoradora de Artemisa y cazadora virgen hasta que el dios del trueno decide violarla transformándose en Artemisa. Teniendo en cuenta que la diosa de la caza (y de otras muchas cosas) aparece explícitamente en la película, representada por una persona transexual, diría que nada de esto es baladí.

Respecto a la otra escena “ridícula” de la película, es esta una reproducción bastante fiel del pasaje original de Ovidio acerca de Hermafrodito y Sálmacis. Ese texto “bochornoso” (“¡dioses! Haced que nada pueda jamás separarlo de mí ni separarme de él”) no es sino una cita del texto original. Los “pechos femeninos generosos” no están ahí porque sí. Son fruto de una metamorfosis (una fusión en este caso). Honoré no ha quitado ni añadido nada. Si acaso, representar a la ninfa mediante un cuerpo no normativo, pero Ovidio no entra en tales descripciones físicas.

Junto a la reflexión crítica acerca del género y la sexualidad, hay otros puntos que considero son fundamentales en la obra. Estos son el carácter de los personajes, la localización espacial, y la pervivencia del mito clásico en la actualidad.

Ni dioses ni reyes: Carrefour

Acerca de la localización espacial, la obra se desarrolla en un entorno semirrural, en las afueras de la ciudad, en la primera inmediación con el bosque. Es este un espacio de encuentro entre el entorno eminentemente humano, industrializado y urbano, y la naturaleza virgen, hogar típico de los dioses y otros seres fantásticos en la mitología clásica (y en toda tradición literaria, en general). De nuevo, se produce un efecto de extrañamiento al contemplar el mito de Ío y Zeus al borde de una carretera, con coches sonando sin descaso, o el “rapto” de Europa en un parking descampado con un Carrefour de fondo. Hay quien tacha esta estética de feísmo y de vulgaridad, cosa que yo no comparto. Para empezar, hay paisajes y planos generales en esta obra que, si bien no corresponden a las cataratas del Niágara o a una puesta de sol en el Kilimanjaro, no tienen nada que envidiar. Especialmente idílico es la secuencia entre Zeus y Europa a la orilla de un río (por cierto, ojalá mojarme yo así durante el sexo). Además, la presencia de elementos urbanos recuerda sin descanso al espectador que aquello que está presenciando no corresponde a un pasado perdido, sino a su propia contemporaneidad. Otorga así una distancia crítica al relato de Ovidio, al mismo tiempo que acerca este al receptor medio.

«Je veux vivre une histoire»

Pudiera decirse que los mitos de la película se pueden dividir en dos categorías. La primera está dedicada a los dioses. En ellos, el mortal es un mero objeto, víctima de la fortuna o de las tempestades divinas. A este grupo pertenece el mito de Artemisa y Acteón, Zeus e Ío (subordinado a este, Hermes y Argos), Zeus, Filemón y Baucis; Zeus, Hera y Tiresias; Atenea y Aracne, Hermafrodito y Sálmacis, Dioniso y las ménades; e Hipómenes, Atalanta y Afrodita.

La segunda categoría de mitos, de tamaño más reducido pero que dedica más tiempo a cada personaje, está dedicada a los humanos como agentes y sujetos activos. A este grupo pertenecen los mitos de Europa, Narciso y Orfeo. A los dos primeros les corresponde una cierta reescritura, mientras que al tercero le corresponde una representación de casi todo el relato (descenso a los infiernos, pérdida de Eurídice y muerte de Orfeo en manos de las ménades), mezclado con una recomposición del personaje. Así, de él no se muestra su carácter musical, su lira ni su capacidad de calmar a las bestias, sino que es mezclado con el Orfeo de los ritos religiosos y de los denominados “misterios órficos”, que propugnan la resurrección del alma y la prescripción de una vida moral, dotando al personaje, además (por cuestiones como caracterización, vestuario o reacción de su entorno a él) reminiscencias cristianas.

Narciso, por su parte, es un personaje misterioso. De él se muestra su atractivo y el efecto que provoca en los demás (tanto hombres como mujeres), pero la causa de su muerte es distinta. Si en el mito clásico se ahoga accidentalmente en un lago donde cae por querer besarse a sí mismo, en la película se suicida conscientemente, no sin antes dar un breve monólogo a cámara. Además de la ruptura de la cuarta pared, que parece querer incidir directamente en el receptor a través de un discurso con el que quizás alguien joven de hoy pudiera sentirse identificado; este acto pudiera suponer la mirada al espejo, siendo en este caso nosotros el reflejo de lo que Narciso ve, lo cual no hace sino reforzar el discurso y la identificación del receptor con él.

Por último, cabe hablar de Europa. En primer lugar, es esta una joven que, como en el mito original (y pese a las representaciones que se han hecho de ella con posterioridad), es extranjera. No corresponde pues a la blanquitud que suponemos pertenece a Europa. En segundo lugar, pudiera decirse sin temor que aquí no es secuestrada, sino que voluntariamente sigue a Zeus. De hecho, en una ocasión, le llega a decir a este que no le ha secuestrado, sino que le ha salvado. El rapto supone en este caso no un acto de violación, sino de consciente escape de la vida moderna (y de una familia opresiva) a un entorno seminatural donde entra en juego la magia y la divinidad. En tercer lugar, es Europa quien quizás mejor representa la aspiración del ser humano a ser sujeto activo, pues después de un primer acto donde se dedica a escuchar y presenciar mitos de otras personas, emprende un viaje donde, de forma literal, dice “quiero vivir una historia”. A partir de entonces, se sigue encontrando con otros dioses y humanos, como Dioniso y Orfeo, pero tiene la fuerza suficiente para contestar, tomar decisiones e influir en su propio relato.

No cabe duda acerca de la pervivencia e importancia de los mitos clásicos (de más de dos mil años de edad) en la actualidad. No es esta adaptación una mera representación del texto latino, sino una traslación de sus relatos e implicaturas al presente. Cuestiones como el género, la raza, la religión, el rechazo a lo diferente, la violación de cuerpos y personas, la sexualidad, la fe o la muerte, entre otras cosas, forman parte de la estructura social y cultural de toda comunidad, ya sea esta de hace veinte siglos o la nuestra. Métamorphoses es una obra experimental, de ritmo lento, que puede no ser del gusto de todo el mundo y que quizás necesitaría un trigger warning ante la presencia de escenas de abuso (si bien estas son más alegóricas que otra cosa). Sin embargo, a mí me ha fascinado, y se la recomiendo, por ejemplo, a todo aquel que guste de Pasolini o de un buen cine no comercial. A señoros y a otra gente de esta índole también se la recomiendo, pero para joderles un poco.

Zura


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